Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y, al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad? ¿Vino? ¿Música? ¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, mi cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico de Psiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecía indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además, yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la humedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las lágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado el hipo.

¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropello de Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenido también en el bombardeo de París!...

Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionados al opio. Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie de sentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de sus últimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.

III
SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO


Terminada la guerra no hemos resuelto nada.

Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros males.

—¿Lo ve usted?—me dice un germanófilo—. Si los alemanes hubiesen ganado, no ocurriría nada de esto.

Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, este germanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo no habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Los filósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideas hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que se hacen en casa?

El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. La cuestión de las lenguas—el polaco, el armenio, el catalán, etc.—desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán. Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar, y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseos públicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unos bancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especiales para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuando estuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unas gafas, estudiarían los diferentes letreros: