Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que ya favorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame usted a un gran cirujano...
III
LA VIRUELA OBLIGATORIA
Cuando se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se indignó.
—Que se vacune el que quiera—solía decirse—; pero ¿y si a mí se me antoja tener viruelas?
Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino... Libertad de escupir... Libertad de tronchar los árboles... ¡Con qué ahínco defiende todas estas libertades el español!
—Desengáñese usted—me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria—, España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo que le da la gana...
—Yo no—le contesté—. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé la gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos señores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca lo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es sencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer la nuestra...
En el caso concreto de la vacuna, la mayoría del vecindario parece considerarla como una tiranía, y si se considera que la vacuna es la tiranía, no se está muy lejos de creer que la viruela sea la libertad. ¿Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante más discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera imposición de que han venido haciéndonos víctimas nuestros gobiernos. La viruela tenía en España el mismo carácter obligatorio que ahora tiene la vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban también que España era el país más liberal del mundo.
¡Qué lástima que la libertad práctica no pueda ser absoluta como la libertad teórica! ¡Qué lástima que nuestros intereses no coincidan con los de los microbios! ¡Qué lástima... para los microbios!...