—Grandes países, ¿eh?

—¡Quite usted allá! Para un pobre microbio que quiera vivir tranquilamente, el mejor país es España. Aquí funda usted una pequeña familia—cuatrocientos o quinientos mil hijos—, y la saca usted adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela, al teatro y al cine, y es un gusto ver cómo se instruyen y se divierten. La alimentación es magnífica. ¡Qué carnes tan podridas! ¡Qué leche tan adulterada!...

—La leche es muy buena, en efecto—respondió el microbio local—; pero ¿y el ácido fénico?

—¿El ácido fénico?—exclamó el microbio de la gripe—. ¿Pero usted cree en el ácido fénico?

—¡Hombre! Los médicos aseguran...

—¿Pero es que cree usted en los médicos?... Que un hombre crea en los médicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que está en el secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro a usted que el ácido fénico me hace engordar y que su aroma me parece exquisito. Desengáñese usted, querido colega. El ácido fénico sólo es desagradable para los hombres...

—¿Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aquí?

—Verá usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis correrías por el mundo. Fuera de España todo se vuelve hablar de libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna autoridad inicia una campaña contra nosotros no faltan amigos que nos defiendan enérgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo demás es cuento. ¿Sabe usted cuánto peso he perdido durante mi estancia en Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonésima de miligramo. ¡Para que digan que Inglaterra es un país más libre que España!... Además, en España uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aquí, donde viven a las mil maravillas. Yo los he visto el otro día en el pecho de un enfermo que es cliente mío y a quien se los había llevado su médico.

—¿De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?

—¡Ah, no!... Llegará un día en que España será un país de microbios solos, y entonces la lucha por la vida adquirirá aquí caracteres horribles.