Si la proposición que algunos médicos presentaron un día al Colegio de Madrid hubiese llegado a adoptarse, los «lances entre caballeros» no tardarían en pasar a la historia. Se trata de una proposición para que ningún médico asista como tal médico a ningún desafío. Claro está que en los desafíos no suele ocurrir nada. A primera vista no hay, por lo tanto, ninguna razón para que los caballeros se hagan acompañar de un médico cuando van a batirse y no cuando van a tomar café, ya que el café, bien solo o bien con leche, es, en casi todos los establecimientos, un brebaje engañoso que da lugar a serias complicaciones gástricas. Se puede demostrar que, prácticamente, los médicos son del todo innecesarios en los desafíos; pero, al demostrar esto, se demostraría también que los desafíos son prácticamente innecesarios en la vida. Ya se sabe que en los desafíos no muere nadie; pero es preciso mantener la creencia de que puede morir alguien, y para mantenerla es para lo que están los médicos. Las espadas, los sables, las pistolas todo esto tiene un carácter decorativo y de panoplia, y uno puede mirarlo alegremente; pero, ¿y el botiquín? ¿A quién no le asalta por un instante la idea de la muerte al ver a un médico con su botiquín debajo del brazo?

En Francia, los duelistas procuran presentarle al público de vez en cuando un pequeño cadáver. Aquí no se ha cambiado de cadáver desde hace muchísimos años, y el duelo está perdiendo prestigio. Vean ustedes las estadísticas de accidentes del trabajo y observarán que la industria corchotaponera produce más víctimas que el duelo. ¿Qué se discute en España entre los partidarios del desafío y sus antipartidarios? Pues, sencillamente, un muerto de allá por el año 98, muerto que, al parecer, debió su muerte a un descuido del médico...

Si los médicos, pues, le hacen el boicot a los desafíos, si cuando un caballero le haya producido a otro con un sable o con una espada un rasguño en la muñeca, no hay un médico que describa este rasguño como una herida inciso-trinchante de tantos centímetros de extensión, en la región tal, interesando la dermis y la epidermis y la paquidermis; si además el médico no echa en este rasguño tintura de yodo y yodoformo y alguna otra porquería, y no arma allí una cantera y no cubre luego el brazo de gasas malolientes, ¿qué va a ser de los desafíos?

Los desafíos quedarán entonces reducidos a un sport, así como la natación, como el billar o como la pesca de caña, y no digo como el mus o el poker, porque estos juegos es indudable que producen víctimas. Se convertirán en un ejercicio vulgar y caro y no tardarán en desaparecer. Y esto sería grave porque, probablemente, daría origen a un aumento de mortalidad.

II
LOS DESAFÍOS Y LA TÉCNICA


Si un señor me invitase un día a jugar una partida de ajedrez, por muy obligado que yo le estuviera, no le complacería. Le demostraría que no sé jugar al ajedrez, y el señor en cuestión tendría que renunciar a la partida proyectada.

Si el mismo señor pretendiese otro día hacerme ejecutar al piano la Marcha fúnebre de Chopin, tampoco me sería fácil complacerle.

—No sé tocar el piano—le diría—. Y si, en vez del ajedrez o el piano, el señor en cuestión se orientase hacia la esgrima y quisiera batirse conmigo a espada o a sable, mi contestación sería igualmente lacónica.