El otro día, con un calor de cuarenta y tantos grados, estuve en el Congreso. Yo nunca había observado la política española a una temperatura tan alta. Algunos diputados, tendidos en sus escaños, parecían cadáveres en descomposición. Olía mal.

—Indudablemente—pensé—, el Parlamento no es un espectáculo de verano. Para el verano ya tenemos las corridas de toros, que se hacen al aire libre.

Y, dirigiéndome a un diputado amigo:

—¿Por qué no cierran ustedes?—le dije.

—¿Cerrar?—exclamó—. Y la labor legislativa que tenemos por delante, ¿es que van a hacerla los porteros?

—¡Hombre! En caso de apuro...

—Todo se vuelven diatribas contra el diputado en este país—añadió mi amigo—, y el diputado es un mártir. Ya ve usted a los diputados franceses. No contentos con ganar quince mil francos al año, quieren que se les dupliquen las dietas. El diputado español, en cambio, lejos de cobrar, paga. ¿Sabe usted cuánto me han costado a mí las elecciones? Veinte mil duritos. Así se demuestra el amor a la patria. Y aquí me tiene usted, en pleno mes de agosto, respirando este aire corrompido.

—Es el aire de la política. Yo había oído hablar de él, pero no lo había respirado nunca. Cuando leía en algún periódico eso del aire corrompido de nuestra política, creía que se trataba de una frase. Ahora lo respiro materialmente y me doy cuenta de que es mefítico.

—A veces huele como a ajos.

—Ese olor es la democracia. Es la esencia misma del régimen parlamentario. No hable usted mal de él...