Parece que los sindicalistas van a hacer una revolución terrible; pero, a los dos siglos de sindicalismo, el mundo estará, poco más o menos, como ahora. Un Sindicato muy fuerte querrá dominar a los otros, les declarará la guerra y morirán a millones hombres de hierro, hombres de carbón, hombres de cartón piedra y hombres de celuloide...
Indudablemente, no hay una gran diferencia entre clasificar a los hombres por oficios o clasificarlos por razas, religiones, idiomas y costumbres. Y no tan sólo no hay una gran diferencia, sino que es igual. En realidad, los hombres no se han clasificado nunca por razas, religiones, idiomas ni costumbres. Los han clasificado así los historiadores mucho después de que ellos habían hecho su propia clasificación; pero los primeros hombres se clasificaban siempre por oficios, ni más ni menos que si hubiesen oído a Pestaña o al Noy del Sucre. Los pescadores se reunían para establecerse a orillas de los ríos o construir ciudades lacustres; los cazadores se iban a los bosques. Las nacionalidades modernas no son más que una consecuencia directa de aquel sindicalismo primitivo. Y por esto yo creo que no es muy difícil imaginarse el resultado del sindicalismo actual.
IV
EL BOLCHEVISMO, ENFERMEDAD INFECCIOSA
Cuando los primeros poilus penetraron en territorio alemán, muchos franceses se alarmaron.
—Alemania—decían—está apestada de bolchevismo. A ver si nuestros soldados lo cogen y lo extienden luego por aquí...
Y es que para la inmensa mayoría de las gentes, el bolchevismo no pasa de ser una enfermedad infecciosa. Los Gobiernos más serios lo tratan como una nueva forma de gripe. Creen que se propaga por contagio, igual que la gripe española, y, a fin de combatirlo, forman cordones sanitarios en las fronteras. A los casos reconocidos los aíslan cuidadosamente, metiéndolos en las cárceles, y, dentro de poco, prohibirán el derecho de reunión, para evitar los hacinamientos.
A mí, esto de combatir el bolchevismo con medidas sanitarias me parece algo así como si se hubiera pretendido combatir la gripe reformando la Constitución. No creo que las medidas sanitarias hayan sido nunca muy útiles contra las epidemias, y, desde luego, creo que serán perfectamente inútiles contra el bolchevismo.
Porque, para mí, el bolchevismo no es un problema sanitario, sino un problema social, y, en el estado actual de la Ciencia, me parece absurdo pretender que nadie cambie de religión o de política sometiéndolo a un tratamiento médico. Acaso el agua bendita haya resuelto algunos problemas sociales; pero, probablemente, el agua oxigenada no resolverá ninguno. Y la prueba de que el bolchevismo no es una enfermedad, es que mientras las enfermedades sólo ponen en peligro a los enfermos, el bolchevismo constituye un peligro únicamente para aquellos que no son bolchevikis.
Pero si, a pesar de todo, seguimos considerando el bolchevismo como una enfermedad, ¿qué vamos a hacer con los otros sistemas políticos? ¿Con qué curaremos el maurismo, pongo por caso? El bolchevismo vendría a ser algo así como un enorme trastorno gástrico, mientras la mayoría de las sectas políticas representarían deficiencias mentales imposibles de combatir.