Comedia de Calisto y Melibea. (Burgos, 1499).

En 1498 (Sevilla) se imprimió la Crónica popular del Cid. (Suma de las cosas maravillosas.) Reimpresión de R. Foulché-Delbosc, en la Revue Hispanique (1909; t. XX, págs. 316-420). Hay ediciones de Sevilla, 1509; Toledo, 1526 (reproducida, en facsímile, por A. M. Huntington en New-York, 1903); Sevilla, 1533; ídem, 1541; Salamanca, 1546; Burgos, 1568; Sevilla, 1587; Bruselas, 1588; Alcalá, 1604; Madrid, 1616; Cuenca, 1616; Salamanca, 1627; Valladolid, 1627, y Sevilla, sin fecha (siglo xviii). Esta Suma es una abreviación que no debe confundirse con la Crónica particular del Cid, publicada en 1512 y reproducida por Huber en 1853 y por Huntington en 1903, de la cual hemos hablado ya (núm. 342). Véase á J. Puyol y Alonso: La Crónica popular del Cid, Madrid, 1911.

471. En 1499 se imprimió en Burgos la Comedia de Calisto y Melibea, en 16 autos, "con los argumentos nuevamente añadidos", lo cual parece indicar que hubo otra edición anterior; en 1501 reeditóla en Sevilla Alonso de Proaza, añadida una Carta á manera de prólogo, que parece ser del editor, como de hecho son suyas seis octavas también añadidas al fin; en 1502 el mismo Proaza volvióla á imprimir en Sevilla con nuevo título, Tragicomedia de Calisto y Melibea, tres nuevas octavas, un Prólogo nuevo y varios actos interpolados, de manera que en vez de 16 vino á tener 21 actos. Otro acto se añadió más tarde, llamado del Traso, por explayarse más en la pintura de este personaje, introducido en la edición de 1502. El autor de la primitiva Comedia parece ser el bachiller Fernando de Rojas, de la Puebla de Montalván, judío converso que fué abogado en Talavera y debió de componerla después de 1492. Aunque muchos le atribuyen también la Carta, el Prólogo y los actos añadidos hasta 21 en la edición de 1502, el diferente carácter dado á los personajes, el haber estropeado el efecto trágico cortando el drama en el momento principal con cuatro actos episódicos, que nada tienen que ver con la acción, y el diverso estilo, persuaden ser otro el añadidor y de muy inferior mérito respecto del autor de los 16 autos primitivos. Probablemente fué el editor Proaza el que añadió todo aquello en su edición de Sevilla de 1502, donde se halla por primera vez.

"Los amantes desapoderadamente apasionados, que nos pintan los novelistas, son como los aparecidos de que se atemorizan las viejas: todo el mundo habla de ellos y nadie los ha visto". Bonita frase de La Rochefoucauld; pero tan falsa como bonita. No pasa mes sin que leamos en los periódicos tragedias amorosas, amantes que se matan á sí mismos ó que matan á sus amantes. Al día siguiente sólo se acuerdan de ellas los jueces y abogados que entienden en los tribunales. "Parece cosa de novela", solemos decir al leerlas; "parece cosa de realidad", deberíamos decir al leer tales amores y sus tristes fenecimientos en una buena novela. Porque los Tribunales de justicia henchidos están de sus causas judiciales y los manicomios más llenos todavía de sus tristes víctimas. ¿Y hay casa, hay por ventura pecho donde el amor no esté desenvolviendo su eterna tragedia? ¿No trae enlazados en sus doradas redes y distraídos á los mozos, revueltos y alterados á los hombres, desasosegados á los mismos viejos? ¿Quién se librará de sus dulces asechanzas? Como se cobija en la ligera cabeza de la mozuela, así, y sin otros miramientos, se cuela en la grave sesera del senador, del magistrado, del filósofo. Él mancilla y empaña las almas virginales, encizaña las familias, trueca las condiciones, quebranta las amistades, desvela á los más tranquilos, convierte en homicidas á los mismos amantes, alborota los espíritus, levanta guerras, asuela ciudades, revuelve el mundo. ¿Acaso hay nada en él que no se haga por el amor? No es una niñería, un lujo, un pasatiempo de desocupado; la vida de la humanidad cuelga de él. Demás estarían las ciudades, sobrarían los ejércitos, holgarían las tierras, si hombres no hubiese; pero si hay hombres es porque hay amor. Para tan grave cargo como le encomendó la naturaleza, hubo de dotarle de poderes no pensados: el amor es fuerte, furioso, loco. Que la vida de los hombres cuesta mucho y es menester el colmo de la locura para escotarla. Sin esa "titillatio, concomitante idea causae externae", como paradisíacamente definió Espinosa el amor, el mundo se acababa, y es harto grave cosa el mundo. Por muchas que sean las víctimas del amor, por aciagos que sean los acaecimientos que ocasiona, por muertes, desolaciones, ruinas, que amontone sobre la haz de la tierra, más necesita, más se merece, más se le debe, más demanda, con nada de eso se paga: á cambio de desastres, guerras, tragedias sin cuento, da lo que con nada de eso es comparable, la vida de los hombres sobre la tierra. Y no es ello de tan menguado precio que no haya permitido Dios, según la doctrina católica, hasta que el pecado entrase en el mundo y le señorease, y con él la muerte, y tras la muerte y el pecado, que la misma Divinidad encarnase y fuese blanco de estos dos tiranos del mundo. Si amar es luchar, sufrir y morir, no menos, antes mucho más es vivir, de donde nace que vivir es morir, sufrir y luchar. El demonio del amor es el demonio de la muerte, pero eslo por ser el demonio de la vida.

Ésta es la no sé si llamarla tragedia ó comedia del mundo y del vivir de los hombres. Sabíalo, por lo menos, muy bien sabido el que compuso la Tragicomedia de Calisto y Melibea, cuando cifró toda esta filosofía del amor, de la vida y del mundo en el último auto, donde exclama el viejo Pleberio, que de viejos es exprimir todo el sustancioso jugo de la vida: "¡O vida de congoxas llena, de miserias acompañada! ¡O mundo, mundo! Muchos de ti dixeron, muchos en tus qualidades metieron la mano. Á diversas cosas por oydas te compararon; yo por triste esperiencia lo contaré, como á quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron... ¡O amor, amor! que no pensé que tenías fuerça ni poder de matar á tus subjetos!... ¿Quien te dió tanto poder? ¿Quien te puso nombre que no te conviene? Si amor fuesses, amarias á tus sirvientes; si los amases, no les darias pena; si alegres viviesen, no se matarian, como agora mi amada hija... Alegra tu sonido, entristece tu trato. ¡Bienaventurados los que no conociste ó de los que no te curaste!". He aquí la conclusión de la Tragicomedia, y he aquí la raíz de la filosofía schopenhaueriana, del pesimismo de la vida y del amor. El cual en La Celestina es lo que el Ananke ó fatalidad en la tragedia griega, lo que levanta el drama, ó, mejor diré, lo hunde en la sima del espanto y terror con que atrae á los lectores ó espectadores, les hiela el corazón y juntamente les encadena halagüeñamente el gusto, les enhechiza y ciega y, quieras que no, les arrastra y despeña consigo en sus honduras lóbregas é inapeables. Y venturoso de aquel que por este poder del arte trágico, hundido y ensimado en las lobregueces de sí mismo, llegue á comprender lo que es el amor, el mundo y la vida en sus más soterradas y filosóficas raíces, amargas, sí, pero por lo mismo empapadas en el sustancioso jugo de la más alta sabiduría.

Esto cuanto al intento y espíritu de la obra; los medios de ejecución atañen al literato. Pero de ellos, que pueden reducirse á los caracteres, la invención y composición de la fábula y, finalmente, al estilo y lenguaje, se ha dicho tanto y con tanto acierto, que duelo da el escoger.

"Libro a mi entender rivi-
si encubriera más lo huma-",

dijo Cervantes cuan breve y galanamente pudiera decirse. No volveré á lo de encubrir lo humano, que el propio Cervantes se sabía muy bien no fuera hacedero sin deshacer lo divino que el libro encierra: que fuera hacer una sortija de oro sin oro. "¿Quales personas os parecen que están mejor exprimidas?", pregunta Martio en el Diálogo de las lenguas. Y responde su autor, Juan de Valdés: "La Celestina está, á mi ver, perfetísima en todo quanto pertenece á una fina alcahueta". Tan es así, que el pueblo español, con certera crítica, hizo de Celestina un nombre apelativo, no á modo de sustantivo, como de otros famosos personajes, por manera que decimos: Fulano es un Quijote, es un Sancho Panza, es un Tenorio; sino que celestina llamamos á toda trotaconventos, tercerona ó alcahueta, sin más cortapisas y como adjetivo corriente. Y que no tiene semejante. Porque no es la alcahueta común, sino la de diabólico poder y satánica grandeza. "Porque Celestina—dice Menéndez y Pelayo—es el genio del mal encarnado en una criatura baja y plebeya, pero inteligentísima y astuta, que muestra en una intriga vulgar tan redomada y sutil filatería, tanto caudal de experiencia moderna, tan perversa y ejecutiva y dominante voluntad, que parece nacida para corromper el mundo y arrastrarle encadenado y sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer". "Á las duras peñas promoverá e provocará á luxuria, si quiere", dice Sempronio. Hay en Celestina un positivo satanismo, es una hechicera y no una embaucadora. Es el sublime de mala voluntad, que su creador supo pintar como mujer odiosa, sin que llegase á ser nunca repugnante; es un abismo de perversidad, pero algo humano queda en el fondo, y en esto lleva gran ventaja al Yago de Shakespeare, no menos que en otras cosas.

Elicia y Areusa son figuras perfectamente dibujadas, discípulas de Celestina, no prostitutas de mancebía ó mozas del partido, sino "mujeres enamoradas", como las llamaban, que viven en sus casas, sin el sentimentalismo de las de Terencio ni el ansia y sed de ganancia de las de Plauto, más verisímiles que las primeras y menos abyectas que las segundas. Los criados de Calisto son todavía menos romanos y más españoles; no esclavos, sino consejeros y confidentes, que le ayudan y acompañan, aunque avariciosos y cobardes. Calisto y Melibea han sido siempre comparados con Romeo y Julieta en lo infantiles, apasionados y candorosos. "Mucho de Romeo y Julieta se halla en esta obra—dice Gervinus (Histor. de la poes. alem.)—, y el espíritu según el cual está concebida y expresada la pasión es el mismo". Y Menéndez y Pelayo, á quien seguimos: "Nunca antes de la época romántica fueron adivinadas de un modo tan hondo las crisis de la pasión impetuosa y aguda, los súbitos encendimientos y desmayos, la lucha del pudor con el deseo, la misteriosa llama que prende en el pecho de la incauta virgen, el lánguido abandono de las caricias matadoras, la brava arrogancia con que el alma enamorada se pone sola en medio del tumulto de la vida y reduce á su amor el universo y sucumbe gozosa, herida por las flechas del omnipotente Eros. Toda la psicología del más universal de los sentimientos humanos puede extraerse de la tragicomedia. Por mucho que apreciemos el idealismo cortesano y caballeresco de D. Pedro Alarcón, ¡qué fríos y qué artificiosos y amanerados parecen los galanes y damas de sus comedias al lado del sencillo Calisto y de la ingenua Melibea, que tienen el vicio de la pedantería escolar, pero que nunca falsifican el sentimiento!".

Cuanto al arte de la composición dramática, la traza es sencillísima, clara y elegante, y más de maravillar por la época en que se compuso, antes de nacer el teatro moderno, puesto que es la primera madre de él La Celestina. Calisto, de noble linaje, entra, siguiendo á un halcón, en la huerta donde halla á Melibea. Enamorado de ella y desdeñado, acude á Celestina, que con sus arterías y hechizos prende el mismo fuego en el pecho de la virginal doncella, y con sus mañas y mujeres se atrae la voluntad de los criados de Calisto. Pero la codicia la hace á ella no querer partir con ellos el collar que le había regalado el galán tan bien servido, y á ellos que maten á la vieja, quedando medio descalabrados al saltar por la ventana, huyendo de la justicia, y ahorcados por ésta en la plaza. Sólo al través de la puerta se habían hablado los amantes, y, según lo concertado, va de noche Calisto á la huerta de Melibea; pero después de lograr tan apetecida dicha, al salir y saltar de la tapia, cae muerto el amante. Ella, al saberlo, como heroína del amor, hace que su padre la oiga al pie de la torre, en cuya azotea ella sola le cuenta su desgracia y luego se deja caer muerta á sus pies. El triste anciano endecha tan horrible desventura y las miserias del mundo, de la vida y del amor.