Cada vez estoy más persuadido, primero, de que al orden cronológico no ha de anteponerse el de géneros ni escuelas, y segundo, de que para comprender el cuadro literario es indispensable hallar junto á él y en su propio lugar de fecha los demás escritos no literarios, pero que completan el conocimiento de las letras españolas. "Hasta hoy no se ha entendido bien la historia de nuestra literatura, dice M. Pelayo (Cienc. Esp., II, 10), por no haberse estudiado á nuestros teólogos y filósofos". Orden riguroso de años en los cuales se imprimió la primera obra de cada autor, desde que hubo imprenta, ó en los cuales se compusieron, antes de haberla, esto es, del tiempo en que cada uno comenzó á darse públicamente á conocer por sus escritos: tal ha sido mi pauta. Las obras no literarias van en caracteres menores, como lo demás que toca á ilustrar el asunto principal. De tales obras de cultura general he escogido las de mayor momento, sin tratar de agotar la inagotable bibliografía.

Estas dos innovaciones son las que me han movido á emprender este trabajo, ya que ustedes los que pudieran mejor que yo no lo hacen; pero queda otro motivo, y es el principal. No me contenta el criterio de los que hasta hoy han tratado este asunto de la literatura y menos los que han hablado acerca del castellano. En literatura yo pongo muy por cima de cualquier obra erudita la menor obra del pueblo, la comúnmente no escrita, la sancionada en cambio por el consentimiento de la raza española, como aprecio el habla popular, la única natural, mucho más que cualquier otra modificación que en ella introduzcan los eruditos. La razón es clara para los modernos filólogos: lo que los eruditos añaden al idioma nacional es sencillamente una falsificación del idioma, bien así como las flores de celuloide ó de papel son falsas flores para el botánico. Ahora bien, esto corre igualmente respecto de la literatura. Distinguir bien el elemento popular del erudito en las obras literarias: tal es mi criterio. Cuanto á la historia del castellano, que es otra de mis innovaciones, también me aparto de los romanistas, que son los que acerca de él han tratado, y naturalmente por ser romanistas no han visto en nuestro idioma otra cosa que lengua romana, latín y solo latín. Bien sé que disgustaré ya desde aquí á muchos lectores; pero que contente á la verdad y á los que la buscan es lo que importa. En casi todas mis obras vengo probando que el éuscaro ó vascongado ó ibero ha contribuido enormemente á la formación del castellano. Todavía no se han rebatido mis pruebas; ahí siguen, pues, en pie, grita que te gritarás. Y éste es mi criterio cuanto al idioma.

Creo que son suficientes motivos para haberme puesto, con atrevimiento disculpable, á escribir la historia de la lengua y literatura castellana. El que tenga otros criterios escríbala según ellos, los míos presentan sus derechos como los de otro cualquiera.

Soy tan devoto y aun apasionado de la literatura helénica como quien se pasó su vida leyendo y saboreando sus obras maestras; no soy, con todo eso, ciego por el clasicismo, al modo de los humanistas del Renacimiento, y aun por lo mismo que he gustado el único verdadero clasicismo, que es el helénico, distinguiéndolo bien del postizo y de imitación, salvo raras excepciones, de los romanos y renacentistas. No quisiera ser un Angelo Policiano, quien por locamente ciceroniano no alcanzó jamás á escribir como Cicerón. El clasicismo helénico contenía dos elementos: el uno la naturalidad virginal, nacida de la nacionalidad en asuntos y modo de decir; el otro de idealismo que llevaba el arte helénico á ser un eco de la serena Sofrosine del Olimpo de los dioses. Ni uno ni otro imitaron comúnmente romanos ni renacentistas, contentos con tomarles los asuntos, la mitología, las frases y palabras y poco más, lo que jamás debieron tomar, por ser para los griegos nacional y para los demás extraño y postizo. Imitar el arte griego consiste en cultivar lo nacional y según las cualidades del sentir de cada nación. En España cultivar el realismo es imitar á los griegos cuanto á su idealismo; ahondar en nuestra historia, leyendas y espíritu es imitarles cuanto á su mitología.

Lo nacional es lo único natural y grande en cada pueblo. Tal es la razón de mi criterio, que pudiéramos llamar democrático y que no es mío, sino de la ciencia y de la estética moderna, para la cual vale más un cantar enteramente popular que el mejor poema erudito, si no es popular á la vez. Hoy, tanto en pintura como en literatura, se busca lo primitivo, porque es lo más popular y nacional; se quiere, por lo mismo, gozar de lo fuerte, recio, natural y realista. Ninguna nación europea atesora más obras de esta laya que España. "Cuanto á nacionalidad, ocupa la literatura española el primer puesto", dijo Federico Schlegel en su Historia de la literatura antigua y moderna (t. I, c. 11). "El romancero es, no solamente la verdadera Ilíada de España, conforme al dicho de Víctor Hugo, sino el monumento más variado y duradero y la manifestación literaria más curiosa de su vida pública y privada", dijo E. Merimée en su Précis d'histoire de la Littérature Espagnole (pág. 165). Ahora bien, el romancero es la obra más popular de nuestra literatura. Todo ello lo sabe usted de sobra y no es pequeño regalo para mí el conocer que éste mi criterio lo sea también suyo, por más que no lo haya sido de la mayoría de nuestros historiadores literarios, chapados á la antigua, demasiadamente eruditos, renacentistas y librescos.

Acepte, pues, mi querido amigo, lo que de sano y bueno hubiere dado mi atrevimiento en este libro, y eche lo malo, que no dejará de hallar bastante en él, á mi poco saber, que para eso se lo he confesado honradamente.

Julio Cejador.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

OBRAS BIBLIOGRÁFICAS

Alenda y Mira (Jenaro). Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España, t. I. Madrid, 1903.