La perfección suprema de la producción capitalista consiste, no solamente en que reproduce sin cesar al asalariado como tal asalariado, sino en que crea asalariados supernumerarios, merced a los cuales mantiene la ley de la oferta y de la demanda del trabajo en el cauce conveniente, hace que las oscilaciones del mercado tengan lugar dentro de los límites más favorables a la explotación, que la sumisión tan indispensable del trabajador al capitalista esté garantizada, y por último, perpetúa la relación de dependencia absoluta que, en Europa, el economista farsante disfraza, engalanándola enfáticamente con el nombre de libre contrato entre dos mercaderes igualmente independientes, o sea uno que vende la mercancía capital y otro la mercancía trabajo. En las colonias se desvanece el dulce error economista. Desde el momento en que un asalariado llega a ser artesano o labrador independiente, la oferta de trabajo no es ni regular ni suficiente. Esta continua transformación de asalariados en productores libres, que trabajan por su cuenta propia y no por la del capital, que se enriquecen en vez de enriquecer a los señores capitalistas, influye, en efecto, de una manera funesta sobre el estado del mercado del trabajo, y por consecuencia, sobre el tipo del salario.
Confesiones de la Economía política.
En estas circunstancias, el grado de explotación no solo baja de una manera ruinosa, sino que el asalariado pierde además, juntamente con la dependencia real, todo sentimiento de docilidad respecto del capitalista. Así, el economista Merivale declara que «esta dependencia debe crearse en las colonias por medios artificiales».
Por otro lado, M. de Molinari, librecambista rabioso, dice: «En las colonias donde la esclavitud ha sido abolida sin que el trabajo forzoso haya sido reemplazado con una cantidad equivalente de trabajo libre, se ha operado la inversa del hecho que se realiza diariamente entre nosotros. Se ha visto a los simples trabajadores explotar a su vez a los empresarios industriales, y exigir de ellos salarios que no estaban en proporción con la parte legítima que les correspondía en el producto.»
¡Cómo! ¿Y la ley sagrada de la oferta y la demanda? Si el empresario cercena en Europa al obrero su parte legítima, ¿por qué este, en las colonias, favoreciéndole las circunstancias, en vez de perjudicarle, no ha de cercenar también la parte del empresario? Vamos, préstese un poco de ayuda gubernamental a esa pobre ley de la oferta y la demanda, que algunos se permiten hacer funcionar libremente.
El secreto que la economía política del antiguo mundo ha descubierto en el nuevo, secreto inocentemente descubierto por sus elucubraciones sobre las colonias, es que el sistema de producción y de acumulación capitalista, y por consiguiente la propiedad privada capitalista, supone el aniquilamiento de la propiedad privada basada en el trabajo personal, y que su base es la expropiación del trabajador, pues no puede disponerse de los asalariados indispensables, sometidos y disciplinados, sino cuando estos no pueden trabajar para sí mismos, cuando no poseen los medios de producción.