[247] graduarse de Doctor, to receive the degree of Doctor.

[248] Lo bien que, how well.


Un Rebaño de Ovejas en un Rancho Chileno

EL CURA Y EL SACRISTÁN

El cura de mi parroquia tenía costumbre de[249] predicar
semanalmente sobre la obligación de pagar diezmos y
primicias; y como entre los vecinos hacendados del
lugar había algunos inexactos en el cumplimiento de tal
deber, el buen párroco pensó que ello seria tal vez 5
porque su presencia no les haría bastante afecto. El
cura era hombre de recursos, y se dijo a sí mismo,—Estos
desalmados sin conciencia no hacen caso de[250] mis palabras,
porque me creen interesado. Pues, bien, yo haré
que otro les hable por mí, en el púlpito. 10
A este fin hizo correr la voz[251] de que había llegado a
la parroquia un predicador famosísimo, y vistiendo a su
sacristán con una de sus sotanas viejas, le mandó subir
al púlpito. Habíanse reunido casi todos los feligreses,
deseosos de oír al nuevo predicador, de cuya boca esperaban 15
la más instructiva de las pláticas. En cuanto al
pobre sacristán, no sabía lo que le pasaba,[252] y sin atreverse
a decir esta boca es mía, no hacia otra cosa que
toser y limpiarse el sudor de la cara, con su pañuelo, el
cual guardó y volvió a sacar una y cien veces, atacado 20
por la tos, que no le dejaba principiar.
Pero el señor cura estaba prevenido, y suplió la falta
de elocuencia del predicante momia, acomodándole, por
entre las sotanas, un largo tubo de hoja de lata, de
manera que ocultándose detrás de él, podía hablar por 25
boca de ganso[253] a sus sencillos feligreses, sin que éstos
lo echasen de ver.[254]
La plática fué, como siempre, sobre el pago de las
primicias, fulminando terribles amenazas contra los que
no cumpliesen con tal obligación. 30
Mientras el cura hablaba por el tubo de lata, el
sacristán movía sus labios, accionando de modo que sus
brazos parecían aspas de molinos de viento. Era
mucho el fuego oratorio de aquel hombre, por manera
que algunos de los más remisos prometieron pagar, no 35
sólo las primicias de ese año, sino también las que habían
olvidado anteriormente. Sólo uno que otro manifestaba
no estar convencido todavía.
—Compadre,—decía un cosechero saliendo de la
iglesia, a un amigo suyo—ahora creo lo que nuestro 40
cura nos ha dicho siempre. Ya ve usted que este otro
predicador es de la misma opinión.
—Pues, yo todavía tengo mis dudas, compadre,—dijo
el otro.
—¿Por qué? 45
—Porque si le he de decir la verdad, muy santo será
este predicador nuevo, ¡pero se parece tanto en la voz
al[255] señor cura!

—Daniel Barros Grez.

EJERCICIOS