Rita.—No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?
D.ª Francisca.—Sí, bien.
Rita.—Pues entonces no hay más que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí don Diego...
D.ª Francisca.—Bien, anda; y así que llegue...
Rita.—Al instante.
D.ª Francisca.—Que no se te olvide toser.
Rita.—No haya miedo.
D.ª Francisca.—¡Si vieras qué consolada estoy!
Rita.—Sin que usted lo jure, lo creo.
D.ª Francisca.—¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?