Rita.—Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder escapar, ni saber qué disculpa darles.
(Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca de ventana.)
D.ª Francisca.—Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?
Rita.—Yo no lo encuentro, señorita.
D.ª Francisca.—Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
Rita.—Á lo menos por aquí...
D.ª Francisca.—¡Yo estoy loca! (Siéntase.)
Rita.—Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera...
D.ª Francisca.—Cuando iba á hacerlo me avisaste, y fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío, perdón... perdón de haberle querido tanto!
Rita.—¡Ay, señorita! (Mirando hacia el cuarto de don Diego.) que parece que salen ya.