D.ª Francisca.—Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.
D. Diego.—No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?
(Vase iluminando lentamente el teatro, suponiéndose que viene la luz del día.)
D.ª Francisca.—Y ¿qué motivos le he dado á usted para tales desconfianzas?
D. Diego.—¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola, y llega el caso de...
D.ª Francisca.—Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
D. Diego.—¿Y después, Paquita?
D.ª Francisca.—Después... y mientras me dure la vida seré mujer de bien.
D. Diego.—Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
D.ª Francisca.—¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.