D. Enrique.—No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú algún arbitrio...

Cosme.—Sí, discurramos.

D. Enrique.—Á ver si se puede...

Cosme.—Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa.

D. Enrique.—Pues ¿qué importa que?...

Cosme.—No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa... Y despacito, como que...

D. Enrique.—Sí, dices bien.

(Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique.)


ACTO II.