D. Gregorio.—¿No dices que has oído que se llama don Enrique?
D.ª Rosa.—Sí, don Enrique.
D. Gregorio.—Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.
(Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique.)
D.ª Rosa.—Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?
D. Gregorio.—No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no le...
ESCENA III.
COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.
D. Gregorio.—¡Qué bruto de!... (Al salir Cosme da un gran tropezón con don Gregorio.) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!
(Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don Gregorio.)