Ginés.—¿De veras?
Martina.—Sí, señor.
Lucas.—¿Y en dónde le podemos encontrar?
Martina.—Cortando leña en ese monte.
Ginés.—Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
Martina.—No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.
Ginés.—Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
Martina.—La manía de este hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
Ginés.—¡Qué extraña locura!
Lucas.—¿Habráse visto hombre más original?