D.ª Paula.—Usted nos hace completamente felices.

Bartolo.—Y á mí ¿quién me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me desate?

D. Jerónimo.—Soltadle.

Leandro.—Pues ¿quién le ha puesto á usted así, médico insigne?

(Desatan los criados á Bartolo.)

Bartolo.—Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.

D.ª Paula.—Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos agradecerle á usted el favor que nos ha hecho.

Martina.—¡Marido mío! (Se abrazan Bartolo y Martina.) Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que á mí me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.

Bartolo.—¿Á ti? Pues me alegro de saberlo.

Martina.—Sí por cierto. Yo dije que eras un prodigio en la medicina.