D. Pedro.—Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate.

(Se levanta impaciente, en ademán de irse.)

D. Eleuterio.—¿Disparates los llama usted?

D. Pedro.—¿Pues no?

(Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de entrambos.)

D. Eleuterio.—¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á rabiar.

D. Pedro.—¿Y esto se representa en una nación culta?

D. Eleuterio.—¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión! ¡Disparates!

D. Pedro.—¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de nosotros?

D. Eleuterio.—¡Llamar disparates á una especie de coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...