ESCENA IV.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Hermógenes.—Buenas tardes, señores.
D. Pedro.—Á la orden de usted.
D. Antonio.—Felicísimas, amigo don Hermógenes.
D. Eleuterio.—Digo, me parece que el señor don Hermógenes será juez muy abonado (D. Pedro se acerca á la mesa en que está el Diario; lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los demás) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas. Pues yo quiero que nos diga...
D. Hermógenes.—Usted me confunde con elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en el arte rítmica, su...
D. Eleuterio.—Vaya, dejemos eso.
D. Hermógenes.—Su docilidad, su moderación...
D. Eleuterio.—Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...