(Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla, se levanta.)
D. Diego.—¿No han venido todavía?
Simón.—No, señor.
D. Diego.—Despacio la han tomado por cierto.
Simón.—Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...
D. Diego.—Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
Simón.—Ello también ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante de quietud.
D. Diego.—Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos, y no he querido que nadie me vea.
Simón.—Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. Diego.—Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.