D. Car.

Nada... que apetezco la guerra, porque soy soldado.

D. Die.

¡Cárlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazon para decírmelo?

D. Car.

Alguien viene... (Mirando con inquietud hácia el cuarto de Doña Irene, se desprende de D. Diego, y hace ademan de irse por la puerta del foro. D. Diego va detrás de él y quiere impedírselo.) Tal vez será ella... Quede usted con Dios.

D. Die.

¿Adónde vas?... No señor, no has de irte.

D. Car.

Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.