Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?
D.ª Ire.
Sí señor que tiene que ver, sí señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningun catedrático, ni bachiller, ni nada de eso; sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada con un empleillo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia, y escribe que da gusto... Casi toda la carta venia en latin, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella. Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.
D. Die.
Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la deba disgustar.
D.ª Ire.
¿Pues no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en unos términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... La mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenias doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa muger. Díselo para que se tranquilice y...
D. Die.
Yo, señora, estoy mas tranquilo que usted.
D.ª Ire.