(Asiéndola de las manos.)

D.ª Fca.

¿Pues de quién ha de ser?

D. Car.

¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla una obligacion mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy tambien. Su madre de usted sabrá quién soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso, á quien mas que tio, debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo mas inmediato, ni mas querido que yo: es hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algun atractivo, esta circunstancia añadiria felicidades á nuestra union.

D.ª Fca.

¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?

D. Car.

Ya lo sé. La ambicion no puede agitar á un alma tan inocente.

D.ª Fca.