Escipión.—Nuestras lindísimas raptoras—porque parece que no somos nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario—. Nuestras lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.
(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente: «¡Esto no tiene vuelta de hoja!» Las mujeres aguzan el oído.)
Escipión.—He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra, y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo. Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la protección de la bandera blanca, en completa seguridad—se tienta las narices—, y podrán llegar a un modus vivendi, para expresarme en buen latín. Y entonces...
(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas hurras. Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres. Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros: «¡No os alejéis demasiado!»)
Escipión. (Con acento acariciador.)—¡Bellas sabinas! Os suplico que permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas! Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.
Cleopatra.—¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir porquerías?
Escipión. (Con acento acaramelado.)—Lejos de mí, señora, la intención de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho, somos muy desgraciados... (Con el valor de la desesperación.) ¡Nos morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una parlam...
Cleopatra.—No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial proyecto.
Escipión.—¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.
Voces Femeninas.—¡Os hemos oído, sin embargo!