Cleopatra.—Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...

Escipión.—¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha puesto así.

Cleopatra.—¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. (Le mira con desprecio.) Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido.

Escipión. (Con acento alegre.)—¡Y yo os he reconocido al punto! Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso?

Cleopatra.—¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no huelen mal.

Escipión.—Eso es lo que yo digo...

Cleopatra.—¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y francamente, qué queréis de nosotras.

(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres se indignan mucho.)

Cleopatra.—¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos casadas.

Escipión.—Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la intención de pediros en matrimonio.