Una voz tímida.—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)
Marcio. (Con énfasis.)—Bueno, voy a refrescar vuestra memoria: corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura? (Los sabinos guardan silencio.) He aquí una exposición sucinta, pero elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la dirección apetecida...
—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
Marcio. (Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha interrumpido.)—Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar señas! (Los sabinos lloran.)
—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
Marcio.—Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? (Los sabinos guardan silencio.) ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!
—¡Proserpinita querida!
Marcio.—¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la gimnástica?
Una voz tímida en el fondo.—Para tener los músculos fuertes.