—¡Los maridos han llegado!

(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos los romanos estén reunidos.)

El grueso romano.—¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?

—¡Silencio, son los maridos!

El grueso romano.—¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita mía, dame un poco de sidra!

Una voz tímida.—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?

El grueso romano.—¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!

—¡Silencio, es su marido!

El grueso romano.—¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo! Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina! ¡Es toda una artista!

—¡Silencio!