Escipión.—¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen paseo.

Marcio.—¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?

Escipión.—Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para llamárnoslo.

Marcio.—Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?

Escipión.—¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos. Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo contrario, va a comenzar de nuevo.

Numerosas voces.—¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!

Marcio.—¿De veras? Entonces no lo entiendo.

Escipión.—Y, sin embargo, es muy sencillo.

Marcio.—Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...

Una voz tímida.—¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?