(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos. Escipión coge de la mano a Cleopatra.)
Escipión.—¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos libre!
Cleopatra.—No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.
Marcio.—¡Señor profesor, estamos esperando!
Escipión.—¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro profesor, puesto que confiesa.
Cleopatra.—Bueno, confieso. (A las demás mujeres.) Vosotras también, queridas amigas, ¿verdad?
Escipión. (Con apresuramiento.)—Todas, todas confiesan. El asunto está arreglado.
Marcio. (Sin comprender una palabra.)—Permitid. Así, pues, Cleopatra, ¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?
Cleopatra.—¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!
Marcio.—No, veo que no comprende todavía. Señor pro...