Enrique.—Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!

Elsa.—¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo más... una sola palabra! ¡Enrique!

(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda: «¡Elsa!» Luego desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido; después, todo queda tranquilo.)

Elsa. (Asustada.)—¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es posible.

(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)

Elsa.—¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre padre!

(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)

Elsa.—¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han entrado! ¡Están en el patio del castillo!

(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir antorchas.)

Elsa.—Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas. Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de confusión. No, no; esperaré aquí... (Una corta pausa.) ¡Dios mío, se acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...