—No—respondía el enfermo.

Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como sus ojos.

—¡Déjeme usted, voy a abrir!—decía Pomerantzev.

Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no cedía. Entonces añadía:

—Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.

Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes, al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.

Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:

—¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...

—¡Es necesario que la abran!

—¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?