—Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...

—Señor abogado, no puedo permitir polémicas.

—Bueno, obedezco.

Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada, clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne acento:

—¡Señores jurados y señores jueces!

Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa, fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver a otro lado los suyos.

—Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el señor adjunto del fiscal...

—Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré obligado a retirarle la palabra.

El abogado saludó.

—Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo, y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».