Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!
Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio, que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante; los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.
Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías. Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo, misterioso y lleno de sentido.
Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.
No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche; la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres, silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al parecer, de que la noche se acercaba.
La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas, no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le antojaban asimismo algo nuevo.
En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al conductor:
—Deme usted un billete hasta la parada próxima.
Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo; al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se dijo, al recibir el billete:
«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os conozco a todos.»