—¿Les pegan a ustedes con frecuencia?—preguntó el portero.
—Pero escuche...
—El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso, no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno resignarse a eso. ¿Verdad?
El portero le miraba sonriendo amistosamente.
—Yo quería...—comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:
—Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes, y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo desfigurado, con un ojo de menos...
—¡Vamos, vamos!—exclamó Krilov—. No tengo tiempo que perder. No me ha respondido usted aún.
Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:
—Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú después!
Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras: