Y á los pocos minutos se presentó un hombre que ni pintado para representar el presidente graciosísimo de Su Excelencia, de Vital Aza.
Tenía un aire de familia con todos esos trovadores errantes que andan por ahí cantando la Marsellesa y enseñando los codos. Era la imagen del romanticismo, como le vestiría su enemigo el clasicismo, de buena gana. Usaba melena, la noble, la irreemplazable melena, con símplica audacia. Por toga pretexta llevaba el conocido gabán de verano, largo, gris, raído, como tenía que ser. Por caridad y buen gusto no quise mirarle las botas.
Supongo que traería pantalones, pero no conservo conciencia de su color ni corte.
De todas maneras, á las pocas palabras, aquel hombre pálido (no faltaba más) me había hecho olvidarme de todo lo material, de todo lo sensible. Había sonreído, había hecho reverencias, se había santiguado dos veces de prisa, había pasado la mano por el lomo, con cariño, á un gato de porcelana que tengo junto á mi mesa de escribir y me había hablado, sin dejarme meter baza, de Budha, de Lao-Tseu, del etíope que Renán nos describe, creo que en San Pablo, y que va meditando el Evangelio á su manera; de Verlaine, de Caran d’Ache, de San Agustín, del gallo de Sócrates y del gallo de San Pedro...
Cuando yo iba á decirle que me mareaba, ya no estaba allí el buen hombre; pero quedaba su espíritu en forma de cuaderno verde, de unas cien hojas, doradas por el canto. Abrí y leí en la primera página: Estambres y Pistilos. La letra era clara, las tes muy grandes. Dí vuelta á la hoja y leí:
DEDICATORIA
Aunque usté no lo crea,
señor obispo,
aunque parezco hereje
me quiere Cristo.
Otra hoja, y leo:
PISTILOS