Y sin más, sin hablar palabra, sin preguntarme nada, hizo una reverencia y dió media vuelta.
No pude contenerme. El orgullo de aquel imbécil me sublevó; irritó mi amor propio.
—Pero hombre—exclamé—¿no venía usted á conocer mi opinión? ¿Á que le dijera?...
—¡Oh! Nada de eso. Enseño mis versos á todos los literatos vulgares que quieren recibirme. Es una oferta. Me he impuesto esa penitencia y la voy cumpliendo por el mundo adelante. Unos se burlan de mí, otros hasta me insultan; otros, los más tolerantes callan... y yo sigo. Hay que matar el hombre viejo, el de la vanidad, el del buen éxito, el del aplauso, el que quiere ser admirado sin ser comprendido.
—Pero aunque no sea por vanidad, sino por amor á sus ideas, usted querrá hacer propaganda, fundar escuela...
—¡Ah, señor! La escuela está fundada. Es la escuela del flato. Esta poesía, con la debilidad cerebral que revela, es hija del hambre...
—De modo que usted... por dinero... ¡por mucho dinero! ¿Tal vez renunciara á la escuela, á esa poesía?...
—¡Oh, tanto dinero podía ser!
—¿Á qué llama usted mucho?