—No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes, pero dame agua.
Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.
—Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.
Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de gallarda apostura.
—¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu meollo consumido por las herejías!
Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio magno de la Naturaleza.
Amanecía.