Pura.
Pajares, 1.º Febrero.
Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible! me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita, que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada.
Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico, y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid. Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios, como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo, y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados? Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis, según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y escondí entre cinco mantas: hice la crisis yo, y nos metimos en el tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada paso: “¡Maldita sea mi suerte!”
Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan y me declaro ilegala.
Purificación.
EL DIABLO EN SEMANA SANTA
Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa.
Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto.