Víctor no pudo contenerse más, y tendiendo las manos hacia el regazo de Cristina, donde estaba el volumen que antes odiaba, gritó:

—¡Por Dios, señora, pronto; el nombre de ese libro..., el autor!...

Cristina se puso en pie, y rechazando a Víctor, como si temiera que el contacto de aquel hombre manchara el texto que veneraba, dió un paso atrás, y abriendo el libro por la primera hoja, leyó: "El Concilio de Trento, por Víctor Cano."

Tembló el literato de pies a cabeza; se sintió partido en dos; pero pudo en él más la vanidad que la vergüenza, y sin tratar de reprimirse, exclamó:

—Señora, Víctor Cano soy yo; no soy Florez; yo he escrito esa novela.

En el rostro que palideció de repente, de Cristina, se pintó un gesto de dolor y repugnancia, de desengaño insoportable; y la dama seria, noble, de alma sincera, dando algunos pasos para alejarse, dijo con voz muy triste:

—Lo siento.

PROTESTO