Nació en 1852 en Zamora, siendo su padre gobernador civil de aquella provincia. La familia, asturiana de origen, regresó pronto a la tierra cantábrica, cuando Clarín contaba aún pocos meses de edad. En Asturias se crió Clarín; allí estudió y terminó la carrera de Derecho. Aficionado a la literatura desde niño, pasó a Madrid a estudiar Filosofía y Letras, por los años del reinado de D. Amadeo. En la corte, no sólo se entregó a sus estudios, sino que se dedicó también al cultivo de la crítica en los periódicos satíricos más conocidos entonces. Comenzó a firmar sus trabajos con el seudónimo de Clarín en El Solfeo.
En 1881 obtuvo, por oposición, la cátedra de Economía política de la Universidad de Zaragoza. Poco tiempo después consiguió trasladarse a Oviedo, ciudad en que vivió hasta su muerte. Explicó Derecho romano y Derecho natural. Desde la capital asturiana prosiguió su labor crítica y literaria, escribiendo los maravillosos cuentos que reedita ahora la "Colección Universal"; sus novelas La regenta, Su único hijo, los artículos de crítica, en fin, amontonando esa tan copiosa como valiosa producción, cuyos caracteres, originales y profundos, aguardan aún un estudio detenido que determine la aportación de Clarín al patrimonio de nuestra cultura.
Fué su personalidad complejísima. No cabe analizarla en esta breve reseña. Crítico severo, implacable, derribó muchas reputaciones ficticias y alentó juveniles méritos. Cuentista incomparable, supo apresar en la brevedad de unas páginas la emoción tierna o fuerte. Novelista, ha dejado en La Regenta una de nuestras mejores obras modernas. Por último fué maestro, un maestro tan sugestivo como apasionado, que derramaba en los espíritus jóvenes, con la sal de su ingenio, la fecunda lluvia de su ciencia y la ternura de su corazón. Los que han tenido la fortuna de ser discípulos de Clarín guardan de él un recuerdo imborrable.
ÍNDICE
| PÁG. | |
| El Señor | [7] |
| ¡Adiós, Cordera! | [34] |
| Cambio de luz | [49] |
| El Centauro | [70] |
| Rivales | [77] |
| Protesto | [96] |
| La yernocracia | [108] |
| Un viejo verde | [116] |
| Cuento futuro | [127] |
| Un Jornalero | [165] |
| Benedictino | [178] |
| La Ronca | [196] |
| La rosa de oro | [210] |
EL SEÑOR
I
No tenía más consuelo temporal la viuda del capitán Jiménez que la hermosura de alma y de cuerpo que resplandecía en su hijo. No podía lucirlo en paseos y romerías, teatros y tertulias, porque respetaba ella sus tocas; su tristeza la inclinaba a la iglesia y a la soledad, y sus pocos recursos la impedían, con tanta fuerza como su deber, malgastar en galas, aunque fueran del niño. Pero no importaba: en la calle, al entrar en la iglesia, y aun dentro, la hermosura de Juan de Dios, de tez sonrosada, cabellera rubia, ojos claros, llenos de precocidad amorosa, húmedos, ideales, encantaba a cuantos le veían. Hasta el señor Obispo, varón austero que andaba por el templo como temblando de santo miedo a Dios, más de una vez se detuvo al pasar junto al niño, cuya cabeza dorada brillaba sobre el humilde trajecillo negro como un vaso sagrado entre los paños de enlutado altar; y sin poder resistir la tentación, el buen místico, que tantas vencía, se inclinaba a besar la frente de aquella dulce imagen de los ángeles, que cual un genio familiar frecuentaba el templo.
Los muchos besos que le daban los fieles al entrar y al salir de la iglesia, transeúntes de todas clases en la calle, no le consumían ni marchitaban las rosas de la frente y de las mejillas; sacábanles como un nuevo esplendor, y Juan, humilde hasta el fondo del alma, con la gratitud al general cariño, se enardecía en sus instintos de amor a todos, y se dejaba acariciar y admirar como una santa reliquia que empezara a tener conciencia.