—De modo—vino a decir el Señor—que lo que tú quieres es el divorcio... quo ad thorum et habitationem.

—Justo, eso; la separación de cuerpos, que decimos los clásicos.

—Pero entonces se va a acabar la humanidad en muriendo tu esposa...; es decir, no quedará más hombre que tú..., que por ti solo no puedes procrear—vino a decir Jehová.

—Pues que se acabe. Yo quiero quedarme aquí.

Y en efecto, se quedó Adambis en el Paraíso.

Y salió Evelina, arrastrada por dos ángeles de guardia.

Renuncio a describir el furor de la desdeñada esposa al verse sola fuera del Paraíso. La Historia no dice de ella sino que vivió sola algún tiempo como pudo. Una leyenda la supone entregada al feo vicio de Pasífae, y otra más verosímil cuenta que acabó por entregar sus encantos al demonio.

En cuanto al prudente Adambis, se quedó, por lo pronto, como en la gloria, en el Paraíso.

¡Ahora sí que es esto Paraíso! ¡Dos veces Paraíso! ¡Todo es mío, todo... menos mi mujer!... ¡Qué mayor felicidad!...