Debe de ser eso. Debe de estar armada.
¡Dios mío!—siguió reflexionando—si está armada, si aquí pasa algo grave, mañana acaso esté cerrada la Biblioteca, acaso no me permitan o no pueda yo venir de tarde a terminar mi examen del códice en que he descubierto tan preciosos datos para la historia de los disturbios de los gremios de R*** en el siglo... ¡por vida del chápiro! Y si mañana no concluyo mi trabajo, el número próximo de la Revista Sociológico-histórica sale sin mi artículo... y quién sabe si Mr. Flinder en la Revista de Ciencias morales e históricas de Zurich se adelantará, si es verdad, como me escriben de allá, que ha visto este precioso documento el año pasado, cuando estuvo aquí mientras yo fuí a Vichy.
No, mil veces no; eso no puedo consentirlo; no es por vanidad pueril; es que esos socialistas de cátedra me son antipáticos; Flinder de fijo arrima el ascua a su sardina; de fijo lo convierte todo en sustancia, y de los datos favorables para sus teorías que este códice contiene, quiere hacer una catedral, toda una prueba plena..., y eso, vive Dios, que es profanar la historia, el arte, la ciencia... No, no; yo diré primero la verdad desnuda, imparcialmente, reconociendo todo lo que este manuscrito arroja de luz en la tan debatida cuestión..., pero sin que sirva de arma para tirios ni troyanos. Me cargan los utopistas, los dogmáticos...
Sonó otro tiro.
"Pues debe de ser eso. Debe de haberse armado." Vidal se aventuró por la calle arriba. Al dar vuelta a la esquina, que estaba lejos de la Biblioteca, en la calle inmediata, como a treinta pasos, vió al resplandor de una hoguera un montón informe, tenebroso, que obstruía la calle, que cerraba la perspectiva. "Debe de ser una barricada."
Alrededor de la hoguera distinguió sombras. "Hombres con fusiles", pensó; "no son soldados; deben de ser obreros. Estoy en poder de los enemigos... del orden."
Una descarga nutrida le hizo afirmarse en sus conjeturas; oyó gritos confusos, ayes, juramentos...
No cabía duda, se había armado. "Aquello era una barricada, y por aquel lado no había salida."
Deshizo el camino andado, y al llegar a la puerta de la Biblioteca se detuvo, se rascó detrás de una oreja y meditó.