—Eres un hombre sin corazón... un Lovelace.

—¡Ay, Lovelace! ¿Sabes tú quién era ése?

—La segunda, Rita, todavía se defiende.

—¡Ya lo creo! Dímelo a mí, que ayer por darla un pellizco salí con una oreja rota.

—Sí, ya sé. Por cierto que dice Tomasa que no le gustan esas bromas; que las chicas pierden...

—Dile a la de Gómez, viuda de Trujillo, que más pierdo yo, que pierdo las orejas, y dile también que si la pellizcase a ella puede que no se quejara...

—Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio contándote sus cuitas y sus esperanzas... y tú con tus bromas de dudoso gusto...

—¿Tus esperanzas? Yo te las cantaré: La (cantando) Nieves...

—Bah, la Nieves segura está. Los tiene así (juntando por las yemas los dedos de ambas manos). No es milagro. ¿Hay chica más esbelta en todo el pueblo? ¿Y bailar? ¿No es la perla del casino cuando la emprende con el vals corrido, sobre todo si la baila el secretario del Gobierno militar Pacorro?