Caín tropieza con ella varias tardes en una y otra calle solitaria. La saluda de lejos. Un día le para ella. Se lo come con los ojos. Caín se turba. Nota que Nieves se ha parado también, ya no envejece y se le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Está alegre, coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus desgracias. Parece contenta de su suerte. No habla más que de las novedades del día, de los escándalos amorosos. Caín le suelta un piropo como un pimiento, y ella le recibe como si fuera gloria. Una tarde, a la oración, la ve de lejos, hablando en el postigo de una iglesia de monjas con un capellán muy elegante, de quien Caín sospechaba horrores. Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e insinuante. "Aquel jamón debe de gustarles a más de cuatro que no están para escoger mucho." Caín cada vez que encuentra a Nieves la detiene ya sin escrúpulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueterías escultóricas. Le mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que está como nuevo; más sano y fresco que cuando ella era chica y él le daba pellizcos.

—¿A ti yo? ¡Nunca! A tus hermanas, sí. No sé si tienes dura o blanda la carne.—Nieves le pega con el pañuelo en los ojos y echa a correr como una "locuela"..., enseñando los bajos blanquísimos, y el pie primoroso.

Al día siguiente, también a la oración, se la encuentra en el portal de su casa, de la casa del propio Caín.

—Le espero a usted hace una hora. Súbame usted a su cuarto. Le necesito. Suben y le pide dinero; poco, pero ha de ser en el acto. Es cuestión de honra. Es para arrojárselo a la cara a un miserable... que no sabe ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Caín la consuela. Le da el dinero que pide y Nieves se le arroja en los brazos, sollozando y con un ataque de nervios no del todo fingido.

Una hora después, para explicarse lo sucedido, para matar los remordimientos que le punzan, Caín reflexiona que él mismo debió de trastornarse como ella, que, creyéndose más frío, menos joven de lo que en rigor era todavía por dentro, no vió el peligro de aquel contacto. "No hubo malicia por parte de ella ni por la mía. De la mía respondo. Fué cosa de la naturaleza. Tal vez sería antigua inclinación mutua, disparatada...; pero poderosa... latente."


Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se decía el solterón empedernido:

—De todas maneras la chica... estaba ya perdida. ¡Oh, es claro! En este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fué lo otro. Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse, y pedirme algo que la arrancara el pensamiento..., y... ¡diablo de casualidad! ¡Ocurrírsele cogerme la llave de la biblioteca..., y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de benedictino!...

¡Oh! sí; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias, para que tengan más pimienta, más picardía... Bebió ella. ¡Cómo se puso! Bebí yo... ¿qué remedio? obligado.

"¡Quién le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de benedictino le había guardado su padre años y años para el día que casara su hija!... ¡No fué mala boda!" Y el último pensamiento de Caín al dormirse ya no fué para la menor de las Contenciosas ni para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fué para los socios viejos del Casino que le llamaban platónico; "¡él, platónico!"