—Le di un beso al demonio.
—Sí... sería el demonio.
Hubo un silencio. El papa volvió la mirada a la Virgen del altar, suspirando, y murmuró algo en latín. María lloraba; pero como si con su confesión se hubiese librado de un peso la purísima frente, ahora miraba al papa cara a cara, humilde, pero sin miedo.
—Un beso—dijo el sucesor de Pedro—. Pero... ¿qué es... un beso? ¡Habla claro!
—Nada más que un beso.
—Entonces... no era el diablo.
El papa dió a besar su mano a María, la bendijo, y al despedirla, habló así:
—Mañana irá a las Oblatas mi querido Sebastián a recoger la rosa de oro... y a llevarte el viático necesario para que vuelvas a tu tierra. Y... ¿vive tu padre? ¿Le curó aquel físico?
—Vive mi padre, pero impedido. Durante mi ausencia le cuida una vecina, pues hoy ya no exige su enfermedad que yo le asista sin cesar como antes.
—Bueno. Pensaremos también en tu padre.