—¡Adiós! ya se desató—interrumpió Foja.

Y cogiendo el sombrero añadió:

—Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproximó a la puerta.—Hombre, a propósito de sabios—dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado—. Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará usted... aquella palabreja.

—¿Cuál?—Avena. Usted decía que se escribe con h...

—Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.

—No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado unos callos....

—Van apostados.—Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que hay en la biblioteca.

—¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran frecuentes.

—Búsquelo usted primero con h—dijo Ronzal con voz de trueno a Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces.