Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, su manera de entender los placeres.
—Para gozar—decía—las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.
Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas, Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le admiraba.
Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.
—¿A dónde vamos?—preguntó Vegallana, queriendo provocar así la confidencia que esperaba.
Don Álvaro se encogió de hombros.
—Puede ser que esté ella en mi casa.
—¿Quién?—Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal a Paco.
Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía: —Muchacho, ¡tú eres l'enfant terrible! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién te ha dicho a ti?...
—Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.