Y añadía siempre lo de:

—«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».

Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y de su tertulia era Mesía.

«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué prudencia! ¡qué discreción!».

«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un escándalo».

A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no sabía....

—«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser cauto y después... tu alma tu palma».

Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:

—«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que tributaba al Tenorio vetustense.