—¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!

Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en realidad de verdad—estilo de Bermúdez—para descansar, con una reacción proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:

—Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....

—Cenceño.—Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....

—Si se pudiera ver—interrumpió la esposa del señor Infanzón.

Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó diciendo:

—Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la cera... el incienso....

—No señor; ¡qué ahumado!—respondió el sabio, sonriendo de oreja a oreja—. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el encanto de los cuadros antiguos.

—¡La pátina!—exclamó el del pueblo convencido—. Sí, es lo más probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para saber qué era pátina.

En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno; reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los de Palomares que le fueron presentados por el sabio.