Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas que saltaban de los de Visita.

—Pero te ha de costar mucho trabajo....

—Puede que no tanto—dijo Mesía, sin contenerse.

—Ella tragar... ya tragó el anzuelo.

—¿Crees tú?—Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con una tajada y dejar el pez en el agua.

—Como yo vea el momento de tirar...—Mucho tiempo llevas pensándolo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.—Y lo de ella, ¿cómo lo sabes?

—¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...

—¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo está ella... para echar mis cuentas.